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Revista G - 2021-07-16

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Coma a punto

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Por C. De La Hoya Fotos El Bodegón

El Bodegón de Miraflores Lo que este cronista aficionado a los opíparos dones de la buena mesa recuerda de El Bodegón, sito en Coronel Inclán con calle Tarapacá, Miraflores, es un reducto de hospitalidad casi casera donde se improvisaba una cocina con aspiraciones de autoría propia sobre el trampolín del recetario criollo. Paredes enchapadas en cálido maderamen y mesas conveniente y estratégicamente separadas, como para propiciar encuentros familiares, tanto como citas de urgente privacidad. Con aciertos meritorios, la propuesta culinaria con que nació me resultaba ilegible. El magnetismo del local, su atractivo, se apoyaban sobre todo en su carisma como espacio, esa estrella que logra a veces emanar de lo simple y auténtico, aunque no siempre asegure un final feliz, como muchos desavisados podrán pensar respecto a las últimas presidenciales. La espontaneidad puede ser también el mejor camuflaje de la improvisación, y, aunque ayuda como imagen inicial, lo que en verdad define el valor o la calidad de cada propuesta es su consistencia en el largo plazo, la solidez de sus cimientos. Y ello, fuera de alegorías políticas, es lo que se echaba en falta en esta hospitalaria taberna miraflorina que, sin ser un paradero de bohemios, solía lucir retratos de respetados poetas peruanos en sus paredes como seña de identidad. EL ÁNGEL DEL ESPACIO Lo amigable del ambiente, la robustez de las porciones, no podían disimular, sin embargo, la irregularidad de su cocina: unos días era espléndida y otros —con los mismos platos— tan faltosa que visitarla se convertía en un golpe de dados que no abolía el azar, ya que de poetas hablábamos. Sucedió entonces que cambió de manos la propiedad y el imperio Gastón Acurio se hizo cargo de los fogones, según los ojos zahoríes de la gula capitalina con la intención de presentar batalla a la competencia de Isolina, que de uno u otro modo se asemeja a la onda que le dio notoriedad a este córner. Pandemia y protocolos mediante, las únicas vías para llegar a sus potajes son hoy el recojo en tienda y el reparto a domicilio, si uno vive en el distrito. Ateniéndonos a tan delimitadas credenciales democráticas, procedimos entonces a hincar el diente al contenido de sus aromáticos empaques. Las Empanadas de pepián con carne nos remontaron a la provincia profunda del sur peruano, donde esta molienda del choclo se presenta más como sopa que como puré. Aunque en este empanizado se opta más por lo segundo, el maíz tiene la fuerza y la concentración de las que carece la variante seca, muy equilibrada en su sobriedad y contenida fuerza. A la Papa rellena vacunada con un chorro de huancaína, en cambio, le encontramos poco sentido: así, con su investidura tradicional bastaba y sobraba, incomprensible a qué viene tanto afán de innovación.

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