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Revista G - 2021-05-21

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¿POLÍTICAMENTE CORRECTO?

UN COMERCIAL Y REGRESO

LUCIA NA OLIVARES CEO de Boost Brand Accelerator

Mientras escribo esta columna, estamos a un mes exacto de las elecciones presidenciales y tengo que reconocer que, al igual que la mayoría de peruanos, tengo mucho miedo. Como empresaria, me molesta ver la forma en que algunos políticos usan a la empresa privada para satanizarla, etiquetando a los empresarios como abusivos, corruptos, injustos, cuestionando la ética de los líderes y metiéndolos a todos en el mismo saco de Odebrecht. Sin victimizarnos, ojo, hacer empresa en el Perú es una carrera de obstáculos diaria, pero que, a punta de trabajo y esfuerzo, miles de empresarios vienen luchando, teniendo muy claro que muchísimos trabajos y, por ende, familias, dependen de su supervivencia. Pareciera que, para algunos políticos, “empresario” es una mala palabra, y dibujan a esa persona como el antagónico, como un Goliat frente a David, olvidándose de que el Estado no ha sido capaz de resolver cientos de problemas que muchas empresas socialmente responsables se han comprado como pleito, además de su contribución en la generación de millones de empleos. Me causa indignación ver cómo el sistema de pensiones, que ha sido históricamente caballito de batalla de las campañas populacheras de los candidatos a congresistas de turno, hoy esté en jaque por la ineptitud de legisladores que, con la aprobación de leyes populistas, arrastran a la gente a que gaste su plata ahorrada para la vejez, en vez de ponerse a trabajar en mecanismos eficaces y no de corto plazo. Me produce tristeza ver a mis clientes más golpeados por la pandemia asumir estas elecciones como la estocada final para perder sus negocios. Me duele ver un país tan dividido, tan molestos los unos con los otros, con tanta ira contenida, con tanto revanchismo que se hace pasar como indignación, con tanta pose —con hashtag incluido— en vez de una real postura, con tanta violencia disfrazada de valentía. Me sorprende tanta irresponsabilidad de proclamar, como si fuera una proeza, el voto viciado, cuando, nos guste o no cualquiera de los candidatos, es el momento de tomar una decisión y de no dejarla al resto. Como publicista, pienso que nunca la comunicación política en el Perú ha tenido tantos desafíos. Por un lado, la pandemia lleva a ambos candidatos a un plan de comunicación que debe contemplar un consumo distinto de la audiencia, influenciado por la inmovilización social y el distanciamiento. Es innegable que esas millonarias campañas, sobre todo en TV, ya no forman parte de la contienda, debido a los múltiples cuestionamientos del financiamiento de las mismas en el pasado. Los tradicionales paneles por distintas ciudades, los mítines multitudinarios y los spots en distintos canales a los que estábamos acostumbrados han tenido que ser reemplazados por el ingenio en las plataformas digitales; pero eso, sin duda, es el menor de los problemas. El gran problema, más bien, está siendo convencer a más del 70% de la población de votar por candidatos por los que quizá nunca hubieran votado. En el caso de Keiko Fujimori, el reconocido publicista Flavio Pantigoso lo decía bien hace unos días: “Keiko no necesita ninguna campaña publicitaria. El enemigo de Keiko no es Castillo, sino su antivoto altísimo. Ahí está su tarea, y su oportunidad son los indecisos, los que están pensando votar en blanco. Para ello no tiene que convencer de lo malo que es Castillo, sino de que ella es una garantía democrática. Solo así tal vez tenga una chance”. A pocas semanas de las elecciones, somos testigos más de una serie de mensajes publicitarios que de ese compromiso y pedida de disculpas reales que proponía en su artículo Pantigoso, que ojalá pongan los publicistas de Fujimori en agenda. Lo cierto es que, por extraño que parezca, el candidato Castillo está siendo su mejor publicista, poniéndole la pelota frente al arco, ante tanta declaración desafortunada y spots elaborados que nada tienen que ver con el profesor que le daba de comer a las gallinas en cuanta transmisión le hacían. Nadie sabe para quién trabaja, incluso en las elecciones.

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