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arq - 2017-03-30

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NO SOY YO, ERES TÚ

Homenaje

POR ALFREDO QUEIROLO DE ARMENTERAS

Emilio Soyer EMILIO no parecía un arquitecto sino un chalán que acababa de dar una vuelta completa a su fundo. Se le veía elegante pero desenfadado. Vestido como si no fuera a salir a la calle en todo el día. Camisa blanca de lino y pantalones de drill gastados, la sonrisa serena como un golden retriever sentado en un jardín. No trataba de agradarte. No lo necesitaba. Para eso tenía a su mujer Gloria y a sus dos hijos. La ceniza del cigarro quería caer del cenicero y la ansiedad me atrapaba. Yo tenía 25 años, era arquitecto y creía que me iba a morir pronto. Yo estaba seguro que él nunca. Emilio era un personaje de Borges. Lleno de jardines que se bifurcan y bibliotecas de Babel. Su abuelo José Vicente Oyague y Soyer, muerto por una bala perdida en la batalla de Miraflores, había vivido en la casa donde él trabajó, amó y fue amado por más de 30 años en Barranco. La Bajada de Baños fue ese paraíso recuperado de su infancia lleno de buganvillas que se descuelgan y arañas que se meten por teatinas de quincha. Por aquella época yo ejercía en un diario con líos de callejón que felizmente me permitía escribir lo que me diera la gana. Y aproveché esa libertad para conocerlo y saber sobre su obra. Lo llamé varias veces, pero no tenía tiempo nunca. Luego de muchas charlas telefónicas, y gracias a mi insistencia, pude visitarlo en reiteradas ocasiones. Y poco a poco se fue soltando conmigo. Fue muy difícil atravesar la elegancia de su incomodidad natural. Como cualquier genio, imagino, no se sentía tan plácido con la gente. También como un fiel y tierno golden retriever que desconfía de cualquier persona que viene pocas veces a su casa, me recibía con una cálida reserva. Pero con el tiempo logramos desarrollar cierta complicidad o por lo menos una lógica para compartir. A la tercera visita recién me hizo un tour por toda la casa. A la quinta visita me condujo al minarete que heredó de su abuelo. A la décima visita recién lo pillé de muy buen humor. Estaba entusiasmado por un nuevo proyecto. Comenzó a dibujar las secciones en el aire, perfectamente legibles y entendibles. Subimos a la azotea de su casa para enseñarme la locación. El sol golpeaba como un martillo. Yo en un ridículo terno que parecía salido de la película Wall Street; Emilio de impecable lino percudido blanco. Yo estaba mirando el dedo de Emilio y no el terreno. Estaba seguro que, como en las varitas mágicas de Disney, algo maravilloso en cualquier momento saldría de allí. Bajamos a tomar un café, pero me di cuenta de que ya no quería hablar y el café no se enfriaba, como si el tiempo se hubiera detenido en la sala. Saqué otro cigarrillo para invitarlo a él a hacer lo mismo. Logré hacer contacto porque me ofreció un Marlboro rojo de su cajetilla y así se extendió ese tiempo inmóvil. Vi que no tenía un lugar de trabajo preciso. O que toda la sala lo era. Entre libros, había dos lamparitas de tablero, de las antiguas, llenas de telarañas en los focos. Una pequeña laptop IBM que no usaba pero que tocaba con la ilusión de hacerlo. Un plano impreso sobre la larga mesa de roble, apoyada en dos taburetes. Como un monje que escribe pergaminos en un castillo medieval, con apenas la luz para poder leer. Pero no fue hasta la vigésima vez que me aparecí emocionado con un libro de Luis Barragán, en que se paró y me dijo: “Ven, que te muestro”. Me condujo a un espacio bajo su escalera donde tenía planos que yo iba sosteniendo y mirando, mientras él se subía a una enorme escalera de enanos, a un taburete hindú que guardaba ahí. El lugar olía a éter, a papel quemado, a naftalina y madera húmeda. Pero yo no pensaba abandonarlo. Me llevé muchos planos. Era todo lo que había en la época para poder entender a un arquitecto como él. Y entendí que no era que no quisiera contarme sus secretos o trucos. En realidad, estos no existían ni existieron. Era que él mismo no sabía cómo explicarlos. Por eso la necesidad de entregarme sus planos, con esas imágenes mentales traducidas en lápiz, en sombras arrojadas, en bocetos de niño grande. Cuando llegué a mi oficina sabía que tenía un tesoro en las manos. Algo que muchos querrían tener. Los estudié y leí, los toqué y guardé como un ciego hace con un manuscrito braille. Traté de entender la génesis de cada proyecto. El partido, el hecho fundacional o lo que fuera que me ayudara a entender qué demonios pasaba por la cabeza de este loco para que se le ocurrieran esas cosas. Fue imposible. Como tratar de entender al gato de Schroeder sin un gato, solamente con la caja. Yo miraba la caja y la caja me miraba a mí. Llevé conmigo los planos a mi casa, a la playa, a un velorio, a la casa de mis abuelos. Eran un jeroglífico de acertijo envuelto en un crucigrama. Eran “él”. Era indescifrable para alguien de mi edad. De mi conocimiento. Al día siguiente que falleció Emilio, busqué los blueprints que había sacado de cada plano. Luego de cinco mudanzas tenía pobres esperanzas de encontrarlo. Pero lo hice. Seguía sin entender nada. La última vez que nos vimos ya nos habían pasado muchas cosas. A ambos. Y 20 años. Sin embargo, él seguía utilizando la misma camisa, el mismo pantalón, las mismas alpargatas. Parecía García Márquez y su liqui liqui. Luego del almuerzo en el que coincidimos enrumbamos a su casa a seguir conversando con un pisco (imaginé un avance en nuestra amistad). Sin embargo, mantuvo la misma propiedad y la aterradora distancia de quien acabo de conocer. Soy muy malo para las despedidas por lo que al final me terminan botando de los lugares. Pero Emilio se excusó muy elegantemente antes de hacerlo, diciéndome que quería enseñarme algo desde el minarete. Subimos con la botella de pisco a ver las estrellas y el barranco, la bajada y la gente que pasaba. – ¿Escuchas? –dijo. –¿Qué? –respondí. –Los grillos en Barranco no hacen cri-cri, sino eructan –dijo. Fue la única broma que le escuché en 25 años de muy interrumpida amistad.

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